Un San Martín desconocido: pintor, bailarín y amante de la música
¿Pudo un puñado de pinceles, algunas partituras y una guitarra formar parte
de las pertenencias que acompañaron al general San Martín en sus campañas y
luego en su retiro de la vida pública? ¿O acaso su inclinación artística, como otros aspectos de los menos
explorados de su vida, se eclipsó ante la estereotipada faceta de
guerrero que casi con exclusividad tienen de su figura la inmensa mayoría de
los argentinos?
En el caso de San Martín, es incuestionable que existen sobradas razones para recordarlo como uno
de los mayores estrategas de la historia militar reciente, a la altura del chino Sun Tzu o del general norteamericano
Robert Lee, por sus logros y proezas militares que testimonian esta
afirmación. La distancia y el tiempo que le llevó unir Buenos Aires y el
convento San Lorenzo, previo al enfrentamiento con los realistas, es
considerada por historiadores especializados como la marcha forzada de
caballería más rápida en la historia militar mundial; estratégicamente, este
combate aplicado en Maipú, emulando el canae de Anibal Barca o el avance obliquo del tebano
Epaminondas, son estudiados en academias militares como la de West Point, en los
Estados Unidos, en la que además existe un gran retrato suyo en una de los salones
principales, o la francesa de Saint-Cyr, sin olvidar, por supuesto, que su máxima obra táctica y
estratégica, la Campaña de los Andes -que incluye el desembarco en las
costas peruanas- no tiene comparación con ninguna otra en el globo,
superando ampliamente a las campañas de Napoleón Bonaparte y Aníbal en los
Alpes.
El reconocimiento de estas aptitudes en Europa fue tal, que los revolucionarios belgas le ofrecieron infructuosamente el mando para
dirigir el movimiento que los escindió de los Países Bajos, y su opinión fue determinante en el parlamento francés y en el Foreign
Office británico para ordenar detener y replegar las fuerzas invasoras de
esas potencias en ocasión del bloqueo y violación de nuestra soberanía
durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas.
Son éstas algunas de las razones por las cuales es considerado el militar
más destacado de las revoluciones hispanoamericanas, por encima de George
Washington o Simón Bolívar. En definitiva no cualquiera ha lucido su busto
hasta en la oficina oval de la Casa blanca.
Pero subyaciendo al guerrero encontramos en una personalidad tan
interesante como en muchos aspectos inescrutable; su inclinación hacia estas
"expresiones del alma" como decía Marc Chagall, quizá hasta un vehículo para
la exteriorización de las emociones de una humanidad por naturaleza
reservada.
¿Cómo comenzó a construirse y materializarse este lazo que unió a nuestro
Libertador con la sensibilidad que encierra la tarea artística y nos
descubre esta faceta desconocida de su vida? Sus primeras nociones en el
dibujo y la pintura las adquirió seguramente en la península, en momentos de
su educación temprana y es por esto que lo encontramos diseñando los escudos
para la tropa en Arjonilla. En íntima confesión a su amigo Tomás Guido, sin
complejo alguno, le escribía que, si le faltara empleo en el
Ejército, bien podía ganarse lando acuarelas y paisajes de abanico; y esto es por demás significativo ya que en vida pintala España de
finales del siglo XVIII no eran bien vistas las artes manuales.
A su llegada a América en 1812, San Martín diseñó y bocetó personalmente el uniforme completo del recién
creado Escuadrón de Granaderos a Caballo, y en la función pública, siendo gobernador de Cuyo, la bandera de los
Andes. Más tarde, como Protector del Perú, la bandera y el escudo de la
nueva Nación.
Pero esa inquietud artística no se limitaba a la pintura o el dibujo;
sorprenderá seguramente imaginar a un joven San Martín punteando una
guitarra siendo poco conocido que en el marco de su formación en la
Península, y según el autor español Agustín de Herrán Matorras, tomó lecciones de guitarra del compositor Fernando Sors y otras de
canto. Este pasatiempo fue retomado en su retiro europeo. Es indudable que
le gustaba la música y esto se explica no sólo por la asiduidad con que
asistía a conciertos una vez instalado en Francia, después de 1830 -así lo
testimonia William Miller en sus "Memorias"- sino también por el hecho de
que, de entre los libros que llevó consigo por América y posteriormente donó
a la Biblioteca de Lima -que lamentablemente un incendio destruyó años des,
encontramos varios volúmenes de un "Diccionario de la Música".
Como gobernador de Cuyo exigió que en escuelas y actos públicos se
entonaran las estrofas del Himno Nacional Argentino y, como jefe militar, hizo lo mismo con las tropas de su mando.
Mitre, avalado en el relato por un testigo, nos cuenta que en vísperas de la
batalla de Chacabuco y luego de desmontar y prepararse para descansar,
encendió un cigarrillo y mandó a las charangas de los batallones que
tocasen nuestra canción patria cuyos ecos habrían de resonar muy pronto en
todos los ámbitos de las naciones liberadas. También nos cuenta Vicente
Pérez Rosales que en todas las tertulias sociales se cantaba el himno, pero menciona en particular la que tuvo lugar en casa de la familia Solar
y Rosales, que se clausuró con esas notas pero con un intérprete de lujo.
Nos dice: "… todos se pusieron de pie. Hízose introducir en el comedor dos
negros con sus trompas, y al son viril y majestuoso de estos instrumentos,
hízose oír la voz de bajo, áspera, pero afinada y entera, del héroe…".
En lo que se refiere a la función militar, San Martín puso especial
atención en la formación de bandas de música en los regimientos. En Chile,
bajo su auspicio e iniciativa se fundó la Academia de Música, escuela que
generaría dos bandas musicales que eran superiores a la única que tenía el
ejército realista en el batallón Chiloé. El musicólogo chileno José Zapiola
considera que en Chacabuco, además del campo de batalla, el triunfo patriota se extendió en el terreno musical, ya que "si bien un combate no se gana con corcheas y semifusas,
sépase lo que ellas colaboran en levantar el ánimo de los que generan la
victoria".
Su gusto por la música -y el baile- trajo otras consecuencias
inimaginadas y poco valoradas ya que no solamente llevó liberación en sus
campañas. Al cruzar los Andes introdujo en Chile el "Cielito", el "Pericón",
la "Sajuriana" y el "Cuando" (especie de minué con un "allegro" al final),
de manera que además de victorias y esperanzas de libertad, nuestras tropas
llevaron nuestras costumbres y cultura en su camino por la independencia. En
particular el "Cielito" fue proyección musical de nuestras raíces en Chile,
Perú y Bolivia donde se lo oyó y bailó, convirtiéndose en una bandera
musical que animaba fogones de campaña.
También sabemos que era muy bueno en la danza de salón, donde armonizaba
con elegancia su paso al ritmo de la música. Esta habilidad debió haberla
adquirido en la Península ya que llegado a Buenos Aires en 1812 pronto fue
motivo de comentarios en las tertulias que ofrecían las familias más
importantes de la capital. Fue en una de éstas, la de los Escalada, donde
conoció a Remedios. En relación a esto nos dice en sus memorias Mary Graham,
amiga del almirante Thomas Cochrane, que "en un salón de baile hay pocos que
lo aventajen…".
En el Perú y con el título de Protector, convocó a concurso a compositores
de música para una marcha nacional peruana y ocupando el sitial de la
presidencia dio orden a la orquesta de que iniciara la ejecución de las
obras presentadas y cuando le tocó el turno a la del maestro José Bernardo
Alcedo, el Libertador se incorporó y, según nos cuenta el escritor
peruano Ricardo Palma, exclamó: "He aquí el Himno Nacional del Perú",
sosteniendo "que el entusiasmo patriótico se alimenta, entre otras cosas,
con la adopción de una marcha nacional por el influjo que la música y la
poesía ejercen sobre las almas sensibles".
A partir de 1830, en el exilio europeo, la música y el arte estarán
continuamente presentes en su vida. Ya radicado en Francia, conoció al
compositor italiano Gioacchino Rossini, que era muy cercano a Alejandro Aguado, benefactor de
San Martín. Ambos fueron los primeros privilegiados en presenciar el estreno de
la conocida obra "Guillermo Tell" que el músico les obsequió en
agradecimiento a su amistad. Mientras su vista se lo permitió, se dedicó
profusamente al dibujo y a la producción de acuarelas, preferentemente
marinas, en un taller que compartía con su amigo Aguado. De ese
inimaginado atelier, y para sorpresa de muchos, salieron dos obras que ilustran paisajes del
Paraná y tienen el máximo prócer de la argentinidad como autor. Hoy, entre
obras de Leonardo, Rembrandt o Delacroix, aunque no a la vista de las más de
ocho millones de personas que lo visitan anualmente, descansan en el archivo
del prestigioso Museo del Louvre.